UN ESPECIAL DERÍOS DOMINICANOSCAUDALES EN AGONÍASus aguas se apagan ante los ojos del país, pese a los planes y las millonarias inversiones que prometen rescatarlas
“A este río no le faltaba agua”, dice Juan Ortiz en Tireo, Constanza. Su hermano Francisco fue asesinado por un conflicto con camioneros que sacaban arena del cauce. La pena íntima de su familia resume una realidad mayor: ríos que alguna vez fueron abundantes apenas resisten entre promesas millonarias y políticas que no logran frenar la degradación.
Las consecuencias se hacen evidentes con el paso del tiempo.
Río Nizao
Diciembre 2007

Mayo 2025

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Río Haina
Octubre 2003

Marzo 2025

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Río Camú
Noviembre 2004

Marzo 2025

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Río Yuna
Enero 2007

Febrero 2025

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Río Blanco
Junio 2004

Enero 2024

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Río Ocoa
Enero 2007

Julio 2025

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Río Ozama
Marzo 2003

Agosto 2025

Mujeres caminan por el lecho seco del río Blanco.
En los últimos años, el país ha multiplicado los anuncios de proyectos para rescatar sus ríos. En el 2023, se relanzó el Plan Nacional de Cuencas Prioritarias, que concentra esfuerzos en los ríos Yuna, Yaque del Norte, Ozama–Isabela, Nizao, Yaque del Sur, Ocoa e Higüamo. En papel, los proyectos suman cientos de millones de dólares en financiamiento internacional; en el terreno, los resultados aún son desiguales.
Solo un proyecto para la gestión sostenible de la cuenca costera del Yuna contempla un préstamo por 11.5 millones de dólares. En paralelo, el Proyecto Agricultura Resiliente y Gestión Integrada de Recursos Hídricos (Pargirh), con otro préstamo de 80 millones de dólares, promueve la gestión integral del Yaque del Norte y el Ozama–Isabela. En el sur, el proyecto CRYS prevé 20 millones de dólares en financiamiento para mejorar la resiliencia ambiental del Yaque del Sur.
También están el programa From Ridge to Reef, con 34 millones de dólares para manejo de cuencas y proyectos comunitarios, y otro proyecto por 18 millones de dólares para impactar la cuenca de Pedernales, más iniciativas privadas que aportan millones en fondos.
En el centro del país, el Proyecto Nizao–Ocoa ha restaurado más de 4,400 tareas, beneficiando a 575 familias y reforestando la zona con café y frutales. Pero no ha sido suficiente, pues en octubre de este 2025, el Ministerio de Medio Ambiente y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) firmaron una alianza para, mediante más financiamiento internacional, trabajar durante cinco años en la neutralidad de la degradación de la tierra para una mayor resiliencia al cambio climático también en las cuencas de los ríos Nizao y Ocoa.
La estación de transferencia de basura de Cancino está ubicada justo al lado del río Ozama. (DL/Marvin del Cid)
Peces muertos en el río Yaque del Sur, Azua. (DL/Neal Cruz)
La basura flota en el río Yamí, en La Vega. (DL/Luduis Tapia)
El río Moca se ha reducido a un canal contaminado, lleno de basura. (DL/Luduis Tapia)
La distancia entre los planes y el agua
Mientras corren los planes y proyectos, en Bonao, Valentín Ramírez recuerda un Yuna cristalino y arbolado. Ahora ve un cauce desgastado, camiones que entran a diario y un vertedero a 400 metros de la orilla que empuja basura al agua.
En La Vega, el río Verde ya casi no fluye. «Aquí había charcos en los que uno no se atrevía a tirarse, pero ahora es un arroyo», lamenta Idalio Moronta, de 79 años. A su lado, líderes comunitarios recuerdan cómo advirtieron por años sobre la extracción de arena y la deforestación sin que llegara ayuda. Las sanciones, dicen, «se volvieron un tributo al delito».
En la provincia Espaillat, una mujer grita al ver al equipo de Diario Libre: «¡Hay que hacerle un límite al río! ¡Todo el mundo tira basura!». En el río Moca, lo que circula ya no es agua sino desechos cloacales. Fundas plásticas, neumáticos y sofás se mezclan con los residuos porcinos que bajan principalmente desde Jamao y El Mogote. Ese veneno se escurre hacia los ríos Licey y Camú.
En el tramo que une La Vega y Espaillat, el Licey pasa oscuro y hediondo. En la ribera, se vierten desechos de criaderos de cerdos y el hedor es comparable al de una letrina saturada.
En Santiago, el Yaque del Norte tampoco escapa. Quienes conocieron el «Yaque dormilón» hablan de un río donde las familias se bañaban sin miedo. Hoy, lo que corre recibe aguas residuales e industriales; de cada seis metros cúbicos que consume la ciudad por segundo, 4.5 vuelven al cauce sin tratamiento.
En el Isabela el contraste es brutal: un río pestilente convive con pequeños balnearios improvisados. Aquí, familias se bañan en manantiales cercanos sin meditar que, pocos kilómetros más arriba, los lixiviados del inmenso vertedero de Duquesa desembocan en el mismo cauce que termina abrazándose con el río Ozama en un mismo olor nauseabundo.
Más al sur, en lo que fue el inmenso río Haina, en un tramo hoy fluye apenas un hilo de agua. El lecho está destruido, cubierto de basura y sin peces que sobrevivan. Entre las piedras, los huevos rosados del dañino caracol manzana proliferan sin control.
A su paso por el municipio Los Alcarrizos, decenas de granceras levantan montañas de arena a pocos metros del cauce de Haina, mientras en Villa Altagracia el arroyo Novillero se volvió una cañada de aguas negras.
«Usábamos su agua para todo —recuerda Félix Sepúlveda, agricultor de Pedro Brand—, pero desde hace tiempo tuvimos que hacer pozos y comprar botellones para beber». Rufino Henríquez, en cambio, extraña los saltos desde una barranca hacia el charco donde ahora solo hay basura.
El titular de la Procuraduría Especializada para la Defensa del Medio Ambiente y los Recursos Naturales, Francisco Contreras, ha reconocido la necesidad de fortalecer la persecución de los crímenes ambientales a través de una mayor coordinación con las entidades destinadas al resguardo de los recursos naturales.
Su objetivo es llevar ante los tribunales casos que culminen con sentencias condenatorias, como el año de prisión suspendida y el pago de una indemnización de 25 millones de pesos impuestos en el 2024 al propietario de una compañía y a su empresa por el vertido de desechos en las aguas del río Licey.
Pero además de la contaminación, el procurador ha advertido que a la extracción de agregados en las cuencas estarían migrando personas vinculadas a otras actividades ilícitas, al considerar que este negocio ilegal les permite lavar dinero con mayor facilidad.
En enero del 2025, el presidente Luis Abinader indicó que la explotación ilegal de agregados «se parece casi al narcotráfico». «Es un negocio muy delicado y lo estamos combatiendo», afirmó.
En el país se prohibió la extracción de arena y grava en los lechos y las llanuras de inundación de los ríos para evitar su degradación. No obstante, se permitió una excepción: la canalización en zonas donde los cauces representan riesgo para comunidades o infraestructuras. Solo pueden ejecutarla instituciones estatales autorizadas, y los materiales obtenidos deben usarse en la misma obra, sin fines de venta. En la práctica, se irrespeta.
El Ministerio de Medio Ambiente emitió más de 440 sanciones administrativas entre el 2023 y el 2024, en contra de infractores de las normas ambientales. La más costosa se impuso en mayo del 2024, por 20.4 millones de pesos, a una empresa de agregados.
La política que intenta alcanzar al río
El país está dividido en seis regiones hidrográficas: Yaque del Norte, Atlántica, Yuna, Este, Ozama–Nizao y Yaque del Sur. La demanda de agua para consumo humano, turístico e industrial supera los 1,200 millones de metros cúbicos anuales, concentrada en las regiones Ozama–Nizao y Yaque del Norte. Pero la disponibilidad es desigual y muchas cuencas están sobreexplotadas.
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Ríos que cuentan su historia

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Yaque del Norte

Yaque del Sur

Yuna
Un futuro que aún puede fluir
Pese al deterioro, en distintas cuencas hay señales de recuperación. En 10 años, la masa boscosa del país ha crecido, según inventarios de la FAO.
El saneamiento del arroyo Gurabo en Santiago redujo en un 25 % la contaminación que vertía al Yaque del Norte, y el Plan Sierra ha protegido bosques y manantiales que abastecen comunidades enteras. En Bonao, el Ministerio de Medio Ambiente mantiene viveros y programas de reforestación en la cuenca del Yuna.
De hecho, los programas de Cuenca Prioritaria y el Plan Nacional de Reforestación son los más exitosos del ministerio en cuanto a resultados. A la fecha se ha reforestado más de 3,000 tareas.
Medio Ambiente impulsa acciones conjuntas con el Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos para combinar infraestructura con soluciones basadas en la naturaleza.
En la presa de Valdesia, se desarrolló un programa para la extracción controlada de sedimentos junto con la cooperativa local CoopMuchaagua, como plan piloto para reducir el azolvamiento y generar empleo comunitario. Es un ejemplo de trabajo en las presas para evitar que el desprendimiento de la capa arable baje a la presa.
En Nizao, se han intervenido zonas degradadas con árboles forestales. De forma paralela, Medio Ambiente desarrolla programas de pagos por servicios ambientales para incentivar la conservación, aunque estos trabajos siguen siendo tímidos y necesitan más recursos.
En sus esfuerzos por fomentar la conciencia ambiental, la Dirección de Aguas de Medio Ambiente organizó 14 jornadas de sensibilización y múltiples actividades educativas en las subcuencas Mahomita y Muchas Aguas, impactando a más de 1,200 jóvenes.
En Santo Domingo, desde el 2011 la fundación Ozama Verde impulsa el programa Escuela Verde, creado en alianza con el Ministerio de Educación. «Enseñamos a los estudiantes de primaria y secundaria sobre reciclaje, cambio climático y saneamiento; luego hacemos jornadas de limpieza y reforestación», explica Carlos Perkins Torres, quien la preside.
Con ese modelo, cientos de jóvenes han limpiado cauces, plantado árboles y enseñado a sus familias a separar la basura desde el origen. «La educación —dice— es el primer paso para sanar el río».
Los años también trajeron nuevas iniciativas. Desde la red Amigos del Río Ozama, comunidades enteras reportan agresiones y vertidos al cauce. «Cuando alguien ve a una empresa o ciudadano que daña el río, nos avisa y denunciamos», indica Torres. Es un sistema de vigilancia ciudadana que abarca provincias como Monte Plata y Santo Domingo, y que ha permitido crear conciencia incluso en zonas rurales.
Fuente Diario Libre




